Por Manuel Recabarren
Ni veraniego ni primaveral. Tampoco femenino, estacional, “piletero” o simplón. Pocas categorías de vino han sido tan -erróneamente- bastardeadas como los rosados. Por suerte la historia reciente cambió y le reconoce valor a estos vinos tan interesantes.
Hay quienes los pensaban como dulzones o pocos serios. Y tal vez hasta tenían razón. Como con muchos estilos, el Nuevo Mundo tardó en encontrarle la vuelta. ¿En el interín? Productos lejos de perfectos, que crearon referencias amargas (o extremadamente dulces) en el ideario argentino. Con el tiempo, y el avance de la vitivinicultura argentina, todo comenzó a cambiar: los vinos rosados dejaron de ser una figurita obligada y poco pensada en los portfolios de bodegas, cobrando un protagonismo que blancos y tintos hegemónicos envidiarían.
Aprendimos a beberlos, en sus distintos estilos y formatos. Y no sólo a consumirlos, también a apreciarlos: en tristísimos tiempos de consumos bajos, la categoría no deja de crecer. En 2024, se comercializaron 568207 hectolitros de vino rosado, un hito para el mercado nacional. Las ventas internas crecieron un 12,1% en el último año (donde mantenerse estable pareciera, aunque con gusto a poco, una victoria) y 25,8% con respecto a la última década, según afirmó el Instituto Nacional de Vitivinicultura.
También crecieron las exportaciones, 22,9% en el último año y 27,1% desde 2015, aún teniendo fuertes competidores vecinos -y no tanto- que protagonizan la escena. Siguiendo con la numerología, tan interesante como reveladora, resulta imperativo destacar el crecimiento gigante de un estilo: los espumantes rosados. El consumo de burbujas rosé creció más de un 75% en la más reciente década, según el INV.
Rosado, argentino, de calidad
Como muchos otros países novicios, Argentina se embarcó en una montaña rusa de experiencias en su relación con los vinos rosados. En los comienzos reinaba la intensidad, las opacidades fucsia y los flavores perceptibles a kilómetros. Fueron reemplazados casi absolutamente por su antítesis: los piel de cebolla sutiles, elegantes, delicados a la enésima potencia.
Hoy, con las modas bastante pasadas de moda, pareciera que el juego del rosado está más abierto que nunca. No hay una forma correcta de hacerlos ni un estilo más correcto que otro. Enólogos, bodegueros, sommeliers y consumidores tienen espacio para jugar probando, haciendo o bebiendo aquello que más les plazca.
La situación alegra a las bodegas argentinas, entusiasmadas con este espacio de juego y experimentación. “Como productores, siempre nos tomamos al vino rosado seriamente, no como algo que estábamos obligados a hacer para completar el portfolio”, comenta Celina Bartolomé, de Pielihueso. “Nosotros, por ejemplo, siempre tenemos bastante uva tinta en la finca y encontramos que elaborarla como rosado nos suele acercar a la mejor.
“Recién ahora la gente se toma en serio a los rosados, porque los productores lo hicimos primero, y esa repercusión está buenísima”, agrega. “Si los rosados se hacen con cabeza, con punto de vista, con ganas de diferenciarse y calidad, los consumidores eventualmente van a saber apreciarlo y van a elegir un rosado como hoy eligen un blanco, un naranjo o un tinto. Porque tienen ganas de tomarlo, no porque es lo que está ahí”.
El auge rosé también habilitó a la experimentación, al juego. Cepas, cortes, nuevas regiones o métodos de vinificar, antes pensados exclusivamente para blancos y tintos. “Nuestra pequeña bodega elabora tres rosados completamente diferentes entre sí”, continúa Bartolomé. “Empezamos a pensar a los rosados de la misma manera en la que pensamos los blancos o tintos. En el camino, encontramos distintas expresiones: algunos larguísimos con tintes oxidativos, otros super frescos y gustosos. Hoy sabemos que es un camino de ida, tenemos muchísimas ganas de seguir creciendo en la categoría”.
El vino sobre la mesa
Este cambio de paradigma que revive a los rosados no sólo emociona a sus productores, también a quienes lo sirven en bares y restaurantes: “los rosados dejaron de ser el vino del verano para convertirse en una opción real y deseada todo el año”, comenta Sol Tony, Head Sommelier de Las Flores y fanática del rosé. “Lo que antes era un vino de temporada, hoy tiene identidad propia. Mis clientes están cada vez más curiosos: buscan rosados gastronómicos, secos, con carácter. Se animan a pedirlos en invierno, en cenas, y hasta para maridar platos complejos. Lo mejor es que ya no se los asocia con algo dulce, con un ‘subproducto’ del tinto o con esa mezcla confusa de blanco y tinto. Hoy se valora su calidad, su singularidad y su versatilidad. Finalmente se vencieron los prejuicios y el rosado puede mostrarse como lo que realmente es: un vino de verdad”.
Otros profesionales, más cautos, indican que el cambio efectivamente es real, aunque todavía quedan mitos por derribar. “Noté mucho el incremento en el consumo de rosados, pero para mí sigue siendo bastante estacional. Ahora con estos últimos fríos ya no me los piden tanto”, cuenta Sofía Maglione, propietaria de Turvina en San Telmo. Explica que, tal vez, el aumento del consumo tenga que ver con el crecimiento -en opciones y en calidad- de la oferta.
En esto último coincide Flora Franco, sommelier en Enófilo, que agrega sobre la venta en vinotecas: “Además del consumo, ha crecido la apreciación de los rosados. Ya no es más un vinito piletero. La gente los busca porque son un gran hack para los maridajes porque acompañan muy bien distintos rangos de complejidad en las comidas”.
“Tal vez en las góndolas masivas cuesta verlo aún, pero en tiendas especializadas, el rosado está presente en distintos estilos -más simples, más elegantes, más intensos- y permite seguir hablando de regiones. Así también creamos una necesidad en el consumidor”, agrega.