Más allá del conocimiento: tres miradas argentinas sobre el ASI Bootcamp Americas 2026

Por Juan Giacalone

Tres sommeliers argentinas participaron en São Paulo de una de las instancias de formación más intensivas de la Association de la Sommellerie Internationale. Cata a ciegas, servicio, comunicación, bebidas, negocio y entrenamiento junto a referentes internacionales fueron parte de cinco jornadas que dejaron, sobre todo, una pregunta abierta: ¿qué significa ser sommelier hoy?

Hay momentos en la formación profesional en los que aprender deja de significar solamente incorporar conocimientos. Son aquellos en los que lo aprendido hasta entonces se pone a prueba, se contrasta con otras maneras de hacer las cosas y, muchas veces, obliga a revisar certezas.

Algo de eso ocurrió entre el 20 y el 24 de julio en São Paulo, donde 48 sommeliers provenientes de más de 20 países participaron del ASI Bootcamp Americas 2026, organizado por la Association de la Sommellerie Internationale (ASI) junto con la Associação Brasileira de Sommeliers (ABS).

Argentina estuvo representada por Lucía de Bueno, Paula Cardozo y Michelle Elbaum, tres sommeliers que llegaron a Brasil con recorridos profesionales diferentes y regresaron con experiencias también distintas. Sin embargo, cuando se observan sus testimonios en conjunto aparece un denominador común: la excelencia profesional ya no parece poder medirse únicamente por cuánto sabe un sommelier, sino también por qué hace con ese conocimiento, cómo lo comunica, cómo responde frente a una situación inesperada y, fundamentalmente, cómo lo transforma en una experiencia para otro.

Ese podría ser, quizás, uno de los aprendizajes más interesantes que dejó São Paulo.

Entrenar, no rendir.
Creado por ASI en 2021, el Bootcamp nació como un espacio intensivo de capacitación destinado a sommeliers que buscan profundizar sus capacidades profesionales dentro de un entorno internacional. Su carácter itinerante lo llevó por diferentes continentes y, en 2026, regresó a América después de la edición realizada en Quito en 2023. Por primera vez, Brasil fue el país anfitrión.

Pero hay una característica que distingue especialmente al formato: el objetivo no es llegar al final para aprobar un examen.

Durante cinco jornadas, los participantes atraviesan masterclasses, degustaciones a ciegas, ejercicios de servicio, instancias de comunicación, talleres y espacios de intercambio. El conocimiento aparece permanentemente sometido a una situación práctica.

Para Lucía, esa diferencia resultó central.

Era la primera vez que participaba de una instancia concebida completamente como entrenamiento intensivo. La ausencia de un examen como meta final modificaba la lógica del aprendizaje: permitía practicar, probar, equivocarse y volver a intentar.

Y equivocarse, en este contexto, también forma parte del entrenamiento.

Para Michelle, la intensidad estuvo incluso en la propia estructura de las jornadas: “El mayor desafío fue ir de un tema a otro en cada sesión. Es un esquema intenso pero muy nutritivo”. El programa atravesó vino, bebidas especiales, agua, servicio, consumo de alcohol y hasta aspectos vinculados con el negocio del sommelier.

No se trataba, entonces, de profundizar únicamente sobre un área. Se trataba de cambiar permanentemente de registro.

Y eso se parece bastante al ejercicio real de la profesión.

Cuando la copa no tiene etiqueta.
Si hubo un territorio que concentró buena parte de los desafíos, fue la cata a ciegas.

Frente a una copa cuya identidad se desconoce desaparecen muchas de las referencias que habitualmente acompañan la degustación. No hay etiqueta, origen declarado ni productor que ordene previamente la percepción. Quedan los sentidos, el conocimiento acumulado y la capacidad de construir una hipótesis.

Para Lucía de Bueno, allí estuvo el mayor desafío técnico del Bootcamp.

Enfrentarse a una bebida a ciegas, explica, resulta “desafiante y estimulante en partes iguales”. Exige construir rápidamente una aproximación a partir de aquello que se percibe, confiar en el propio análisis y, simultáneamente, conservar la apertura suficiente para aceptar que siempre puede aparecer algo inesperado.

Paula Cardozo profundiza todavía más esa idea. Para ella, la dificultad no estaba simplemente en reconocer aromas o sabores, sino en poner en funcionamiento simultáneamente años de formación: observar, interpretar, establecer relaciones entre los distintos elementos y vincular las sensaciones con el conocimiento teórico y práctico hasta construir una conclusión coherente.

Es decir: no adivinar un vino, sino comprenderlo.

La diferencia no es menor.

Porque la cata a ciegas puede convertirse fácilmente en un ejercicio de identificación. El entrenamiento planteado en São Paulo parece haber llevado la experiencia hacia otro lugar: aprender a fundamentar una decisión.

Michelle Elbaum encontró allí otro elemento significativo. Las sesiones permitieron trabajar con las nuevas guías de cata de ASI, renovar vocabulario y abordar estrategias específicas para la degustación a ciegas de bebidas especiales.

El resultado es una concepción de la cata menos vinculada con acertar y más relacionada con desarrollar un método.

Saber no alcanza
Pero probablemente uno de los puntos más interesantes de los testimonios argentinos aparezca cuando las tres participantes dejan de hablar estrictamente de técnica.

Lucía de Bueno regresó de São Paulo con una certeza: el conocimiento teórico tiene tanto valor como la capacidad de comunicarlo.

Un sommelier puede acumular información sobre regiones, productores, variedades, añadas, métodos de elaboración o bebidas. Pero todo ese conocimiento pierde parte de su sentido profesional si no puede ser traducido para la persona que está del otro lado.

La experiencia hizo que Lucía pusiera especialmente el foco en las herramientas de oratoria: cómo organizar una idea, cómo transmitirla de manera interesante y, sobre todo, cómo adaptar el discurso a distintas audiencias.

Paula llega a una conclusión semejante desde otro lugar.

Observar a profesionales de enorme conocimiento y experiencia enseñar desde la cercanía y la humildad la llevó a preguntarse cómo quiere ejercer ella misma la profesión.

El conocimiento no debería generar distancia, sino darnos más herramientas para acercarnos a las personas y al vino”, sostiene.

La frase contiene una idea poderosa.

Durante décadas, buena parte de la construcción simbólica alrededor del vino estuvo asociada a un conocimiento capaz de establecer jerarquías: quien sabe y quien no sabe; quien comprende el código y quien necesita que se lo expliquen.

La mirada que aparece en estas nuevas generaciones de sommeliers propone casi lo contrario: cuanto mayor es el conocimiento, mayor debería ser la capacidad de hacerlo accesible.

La excelencia también está en los detalles.
En un Bootcamp que reúne profesionales con una base técnica elevada, los grandes aprendizajes pueden aparecer, paradójicamente, en gestos mínimos.

Paula recuerda uno.

Durante una práctica de servicio observó cómo algo tan sencillo como revisar simultáneamente el estado de dos copas, en lugar de hacerlo individualmente, permitía hacer más eficiente la operación.

Unos pocos segundos.

Pero esos segundos recuperados podían emplearse en aquello que verdaderamente importa: mirar la mesa, hablar del vino, contar su historia, sugerir un maridaje o simplemente intentar comprender mejor qué estaba buscando el cliente.

Detrás de esa observación aparentemente pequeña aparece nuevamente una idea mayor: la técnica no es un fin en sí mismo.

El buen servicio no consiste en ejecutar movimientos perfectos para demostrar destreza. Consiste en dominar esos movimientos hasta volverlos casi invisibles, para que la atención pueda concentrarse en la persona.
Lucía lleva esa reflexión un poco más lejos.

Para ella, ser sommelier tampoco consiste solamente en saber de vinos y bebidas o resolver correctamente una instancia técnica. Implica tomar decisiones, comunicarlas, leer a quien tenemos enfrente y generar una experiencia.

Y agrega dos palabras que no siempre aparecen cuando se habla de alta formación profesional: elegancia y disfrute.

Incluso cuando se entrena. Incluso cuando la situación es académica. Incluso cuando el ejercicio reproduce una circunstancia artificial.

Porque si el servicio pierde completamente el disfrute, corre el riesgo de perder también aquello que le da sentido.

Aprender entre pares.
Hay otra dimensión del Bootcamp difícil de reproducir dentro de un aula: la convivencia profesional.

Durante cinco días, los representantes de más de veinte países no solamente aprendieron de sus tutores. Aprendieron unos de otros.

Michelle Elbaum, recuerda particularmente las mesas de trabajo reducidas, donde los argentinos compartieron ejercicios con candidatos al Concurso ASI Mejor Sommelier del Mundo y sommeliers que habían ganado las competencias de sus respectivos países. Para ella, ese intercambio fue “sumamente fructífero”, especialmente porque permitió conversar sobre preparación para competencias, algo para lo que existen pocas instancias específicas en el ámbito local.

Para Paula, además, São Paulo representó su primera experiencia de formación internacional.

Hasta entonces su recorrido había estado atravesado por la carrera de sommelier, diferentes experiencias laborales y su participación en el Concurso Mejor Sommelier de Argentina 2025. Encontrarse ahora con colegas provenientes de otros países amplió la escala: otros recorridos profesionales, otras realidades, otros vinos y categorías de bebidas que no siempre están disponibles con semejante profundidad en la práctica cotidiana.

Y allí aparece otro valor del Bootcamp que resulta difícil cuantificar.

Una red.

Colegas que hasta entonces podían ser nombres en una competencia o perfiles vistos a distancia pasan a convertirse en compañeros de mesa, interlocutores y fuentes de conocimiento.

La formación deja de circular exclusivamente desde un profesor hacia un alumno y empieza a hacerlo horizontalmente.

Una profesión cada vez más amplia.

La propia diversidad temática del programa dice algo acerca de hacia dónde está evolucionando la sommellerie.

Michelle lo sintetiza al enumerar los territorios recorridos: bebidas especiales, agua, negocio, consumo de alcohol y vino. Para ella, el Bootcamp fue una experiencia “mega completa” que, además de aportar respuestas, dejó nuevas preguntas para seguir investigando después de regresar a casa.

Quizás esa sea una de las mejores medidas posibles de una experiencia educativa.

No cuánto conocimiento permite cerrar, sino cuántas preguntas nuevas consigue abrir.

Porque el universo profesional del sommelier se ha expandido. El vino continúa ocupando un lugar central, pero alrededor suyo conviven hoy otras bebidas, nuevas formas de consumo, herramientas de comunicación, hospitalidad, gestión, sustentabilidad, servicio responsable y una relación con el consumidor que también se transforma.

En ese escenario, la acumulación enciclopédica de información ya no alcanza.

Se necesita criterio.

Volver para compartir

Todo Bootcamp termina. La pregunta interesante comienza después.

¿Qué sucede con ese conocimiento cuando los participantes regresan a sus países?
Elbaum, que además ejerce como sommelier docente, encontró rápidamente una respuesta: muchas de las herramientas incorporadas en São Paulo pueden trasladarse directamente al aula, particularmente aquellas relacionadas con servicio y degustación.

Ahí aparece una dimensión especialmente relevante para una asociación profesional.

La participación internacional no termina en quienes viajaron. Cada profesional que regresa con nuevos métodos, referencias, preguntas y contactos puede convertirse en un multiplicador dentro de su propia comunidad.

Lucía habla del intercambio con colegas, tutores y sponsors; de observar cómo otros profesionales enfrentan una misma situación; de conversar acerca del mercado y del presente de la profesión.

Paula habla de ampliar la mirada.

Michelle habla de llevar herramientas al aula y seguir investigando.

Son tres formas diferentes de describir un mismo movimiento: salir para aprender y volver para compartir.

¿Qué significa ser sommelier hoy?
Tal vez la mayor riqueza de reunir las experiencias de las tres representantes argentinas esté justamente en aquello que ninguna dice de manera explícita pero que aparece al poner sus testimonios uno junto al otro.

La profesión se está volviendo más compleja.

Un sommelier necesita conocimiento técnico, naturalmente. Necesita catar. Necesita comprender vino y otras bebidas. Necesita dominar el servicio.

Pero también necesita comunicar.

Necesita escuchar.

Necesita administrar el tiempo.

Necesita tomar decisiones.

Necesita entender el negocio.

Necesita desenvolverse frente a públicos diferentes.

Necesita continuar aprendiendo de colegas.

Y necesita, como recuerda Lucía, conservar la elegancia y el disfrute.

El ASI Bootcamp Americas 2026 reunió durante cinco días en São Paulo a profesionales de distintas culturas, mercados y trayectorias para entrenar justamente ese conjunto de capacidades.

Argentina estuvo allí a través de Lucía de Bueno, Paula Cardozo y Michelle Elbaum, volvieron con conocimientos, técnicas y herramientas.

Pero sus testimonios sugieren que regresaron también con algo posiblemente más valioso: una mirada más amplia sobre la profesión que eligieron ejercer.

Porque quizás la excelencia de un sommelier no se encuentre solamente en cuánto puede reconocer dentro de una copa.

También está en todo lo que es capaz de hacer después con aquello que sabe.

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