Marco De Martino y la búsqueda de una voz propia para el vino chileno

Por Milo Vino

Llegamos a Santiago un domingo de feriado largo. Un viaje de dos días y el objetivo de visitar la mayor cantidad de productores posibles. 250 kilómetros era el promedio de distancia entre una bodega y otra. A priori, un desafío. Ni hablar para mí, que me tocó manejar.

Acostumbrada a zigzaguear el Valle de Uco, hacerle pecho a las rutas chilenas fue una película diferente. Cuatro carriles. Camionetas gigantes que me pasaban por todos lados. Peajes cada dos por tres.

Si la ruta se volvía recta, me atrevía a mirar de reojo por la ventana. Montañas, grandes campos en pausa, pequeñas fábricas y ciudades gastadas fueron armando el rompecabezas desde la capital hasta el Valle del Maipo.

Cuando estacionamos en De Martino, ignorábamos que una mezcla de tradición y búsqueda iba a devolvernos algo de esperanza sobre el presente y el futuro del vino en Chile.

Bajamos del auto y caminamos hacia la casona. En la puerta, Marco nos saluda a todos con un beso. Nos pregunta cómo estuvo el viaje y si preferíamos que la visita fuera en inglés o en castellano.

Sus pelos alborotados me hicieron sentir que estaba mirando a un científico loco. Loco lindo. De esos que emocionan por su astucia, su humildad y su inteligencia.

Podría haber empezado mencionando el hito del 96: De Martino fue la bodega que registró la variedad Carménère y exportó la primera botella al mundo ese año. En cambio, la primera historia que eligió contar fue la de su bisabuelo: Pietro De Martino, inmigrante italiano que hace casi cien años viajó en búsqueda de un lugar tan único y especial como el vino que soñaba producir.
Con la mirada perdida en el viñedo, Marco nos habló de ese lugar. Este lugar. La Isla de Maipo. De suelos pedregosos y clima mediterráneo.

Caminar por la bodega, probando cada vino que descansaba en una barrica, un fudre o un tanque, fue mucho más que una muestra de generosidad. Fue un viaje por la diversidad de Chile. Una diversidad que hoy, quizás, aparece un poco eclipsada por la mirada homogénea que atraviesa a la industria.

—El negocio alrededor del vino está difícil en todos lados. Cada área atraviesa sus propios desafíos y nosotros no somos la excepción. Lo que creo es que Chile es muy corporativo. Hay bodegas grandes que producen vinos decentes, pero, al final del día, es solo eso: un vino decente. Que no te habla de verdad —sentencia Marco.

Detrás de esa realidad también hay una cuestión cultural: la relación cotidiana con el vino. Desde la mirada de Marco el mercado interno chileno no es como el argentino.

—La gente de Chile consume Cabernet y Carménère. Es más fácil vender vinos de Itata en Londres que en Santiago.—dice al pasar, mientras sirve Las Olvidadas 2022.

Acto seguido, saca un libro con fotos. En las páginas desfilan vides de troncos aguerridos. Un caballo juega a ser héroe trabajando la tierra entre lomadas inquietas. Variedades olvidadas resurgen de las sombras.

El vino que tenía en la copa era ese paisaje.

—En ese viñedo todo lo hacemos manual —concluye Marco, cerrando el libro con una mano y, con la otra, agarrando la siguiente botella.

Viejas Tinajas 2023. Un corte de Muscat de Alexandria y Chasselas nacido de ese viñedo plantado en 1905.

Marco cazó tinajas por un par de años. Un día conoció a un hombre que las vendía en Santiago como decoración para jardines. Le dijo que, antes de llegar a Santiago, pasara por la bodega. Él venía con las tinajas y Marco las llenaba de agua; las que no perdían, se las quedaba. Empezó con 15. Hoy tiene 160.

Sus ánforas. Sus vides centenarias. Ese viñedo. La emoción en su tono de voz cuando nos hablaba de los caballos, de la viña, del silencio.

Emoción que volvió a aparecer apenas las copas se llenaron de tinto.

Gallardía Cinsault 2025. Mismo lente, otra foto. Nariz del bosque andino. La boca, precisa, fina. Textura milimétrica. En la mitad del paladar, la fruta explotó como fuegos artificiales.

Nos miramos. Otra vez la piel se erizó. En las caras de todos asomó una mueca pícara.

Marco abre el último vino.

Sus pelos siguen alborotados.

Sus ojos brillan.

Mira hacia atrás para buscar fuerza y verdad en sus raíces.

Marco no solo cazó tinajas.

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