Por Manuel Recabarren
Hay vinos que se convierten en clásicos con el pasar de los años. Otros, nacen siéndolo. Un buen ejemplo de este segundo grupo es el vino ícono de Bodega Luigi Bosca: Paraíso, una etiqueta que acaba de sumar su añada más reciente, la 2022.
Paraíso surge en 2019, de la mano de Alberto Arizu (h). No era un vino de terroir, la búsqueda era otra: representar el potencial del vino argentino con la firma Luigi Bosca, combinando los mejores componentes de cada año.
“Paraíso representa para nuestra familia la búsqueda de lo que significa un verdadero clásico: un vino que se mantiene consistente a su estilo, fiel a su esencia y a los valores que le dieron origen”, comenta Alberto. “Cada añada reafirma esa convicción, trascendiendo modas y expresando, año tras año, la misma elegancia y armonía que lo definen”.
Así llegó esa primera añada, en 2019, a plantar bandera. Las dos siguientes -2020 y 2021-, continuaron la línea, mostrando las particularidades de cada año: el primero más cálido; el segundo, fresco. Con la reciente 2022, Pablo Cúneo y su equipo encontraron el equilibrio perfecto entre elegancia, sutileza y personalidad. “En cada añada, nuestra filosofía se sostiene con rigor: respetamos puntos de madurez precisos para lograr frescura y concentración de frutas rojas y negras, alcanzando un equilibrio natural entre acidez y alcohol. El resultado es un vino de concentración y precisión notables, armonioso, cuyo sello más distintivo es su refinada elegancia”, explica el Director de Enología.
La edición recién lanzada está compuesta por un 64% de Malbec y un 36% de Cabernet Sauvignon, provenientes de distintas parcelas de Gualtallary, Paraje Altamira, Los Árboles y Vistalba. Las uvas se cosechan manualmente y son sometidas a una doble selección de racimos y granos. La maceración en frío dura cinco días, a temperaturas entre 8 y 10°C.
El mosto se fermenta en pequeñas cubas de roble y tanques de acero inoxidable, con pisoneos y delestages poco agresivos, para preservar frescura y delicadeza. Una vez finalizada la maceración, los vinos se crían en foudres y barricas de roble, de doce a dieciséis meses.
Cada barrica se cata individualmente para definir los componentes que integrarán el corte final. Una vez hecho, el vino se fracciona y estiba al menos un año antes de salir al mercado.