Por Andrés Lafarge y Juan Giacalone
De sus raíces mediterráneas a los Andes, la Garnacha atraviesa un renovado momento de interés. Todavía minoritaria en la Argentina, encuentra nuevos territorios, productores y estilos que empiezan a construir una identidad propia.
Durante mucho tiempo, la Garnacha estuvo ahí sin necesidad de decir demasiado su nombre. Formó parte de algunos de los grandes vinos del Mediterráneo, sostuvo cortes históricos y se adaptó durante siglos a paisajes marcados por el sol, el viento y la escasez de agua. Hoy, cuando el mundo del vino vuelve la mirada hacia variedades capaces de combinar identidad, frescura y adaptación, aquella vieja uva mediterránea recupera protagonismo. Y la Argentina empieza a escribir su propio capítulo.
Conocida como Grenache en Francia y Cannonau en Cerdeña, su historia está profundamente ligada a España —particularmente a Aragón— y al sur francés. Priorat y el Ródano meridional son parte de esa geografía histórica en la que la Garnacha muchas veces fue protagonista sin aparecer necesariamente en primer plano: durante años, las denominaciones de origen y los blends tuvieron más visibilidad que el nombre de la variedad.
Esa historia extensa contrasta con algo mucho más reciente: la curiosidad que hoy despierta entre productores, sommeliers y consumidores que buscan tintos menos previsibles y una mayor diversidad de estilos.
Una variedad antigua para nuevas preguntas
Hay razones vitícolas detrás de ese renovado interés. La Garnacha es de ciclo largo, madura tarde y encuentra condiciones favorables en ambientes cálidos y secos. Su resistencia a la sequía y su capacidad de adaptación resultan particularmente interesantes en un escenario en el que la viticultura vuelve a preguntarse cómo producir frente a condiciones climáticas cada vez más exigentes. Pero esa rusticidad aparente no debe confundirse con sencillez: el momento de cosecha resulta decisivo para conservar equilibrio y frescura, mientras que en bodega su sensibilidad a la oxidación exige atención.
También es difícil encerrar a la Garnacha en un único perfil. Puede dar vinos fragantes, jugosos y de textura delicada, pero también versiones profundas y concentradas. Fruta roja, flores, especias y ciertos recuerdos cítricos aparecen entre sus descriptores habituales, aunque origen, madurez y decisiones de elaboración terminan definiendo cada botella.
Quizás allí resida parte de su atractivo contemporáneo: no existe una única Garnacha.
Apenas 64 hectáreas, muchos paisajes
En la Argentina, la dimensión del fenómeno obliga a poner los números en perspectiva. Según el último informe específico publicado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura, existen 64 hectáreas de Garnacha, de las cuales 62,6 corresponden a Garnacha tinta y 1,5 a Garnacha blanca. Mendoza concentra 43 hectáreas de la tinta, seguida por La Rioja, Salta, San Juan, Jujuy y La Pampa.
Es muy poco. Y justamente por eso resulta interesante observar qué está ocurriendo.
La superficie no alcanza para hablar de una categoría de volumen, pero las plantaciones empiezan a dibujar un mapa singular. Valle de Uco, Calingasta, Valles Calchaquíes y Quebrada de Humahuaca ofrecen combinaciones muy distintas de altitud, radiación, amplitud térmica y suelos. En lugar de conducir hacia un único modelo argentino de Garnacha, esa dispersión permite pensar en distintas interpretaciones de la misma variedad.
Los Chacayes se convirtió en uno de los focos de ese movimiento. Pero el recorrido continúa hacia el Valle de Calingasta, en San Juan; Tolombón y Cafayate, en Salta; y llega hasta la Quebrada de Humahuaca, donde existen experiencias por encima de los 2.300 metros. Son geografías demasiado diferentes como para esperar que la Garnacha diga lo mismo en todas ellas. Y quizás no tenga por qué hacerlo.
Hay otro dato que merece atención. En su informe de 2025, el INV registró un aumento interanual del 603,4% en las ventas al mercado interno de Garnacha tinta. El porcentaje impresiona, aunque debe leerse desde una base todavía muy pequeña. Más que anunciar una revolución, señala una curiosidad creciente alrededor de la variedad.
Los Chacayes, una búsqueda que empezó antes
Dentro de ese mapa, la historia de Corazón del Sol aporta perspectiva. El proyecto incorporó plantaciones de Grenache, Syrah y Mourvèdre en Los Chacayes en 2008. Tres años más tarde, esas variedades dieron origen a Luminoso, un corte inspirado en el Ródano. La apuesta por las cepas mediterráneas, entonces, comenzó bastante antes de que la Garnacha adquiriera su visibilidad actual.
Los viñedos se encuentran aproximadamente a 1.100 metros sobre el nivel del mar y la diversidad de suelos de las distintas parcelas permite explorar expresiones y texturas diferentes. Allí, como ocurre tantas veces en el vino, hablar de una variedad termina siendo también una manera de hablar del lugar.
En 2026, esa historia sumó un reconocimiento significativo: Corazón del Sol Grenache 2024 recibió 96 puntos de Tim Atkin y fue señalado en el material de la bodega como la Garnacha de mayor puntaje de su Argentina Report 2026. Más allá de la cifra, el reconocimiento vuelve visible una búsqueda iniciada casi dos décadas atrás.
Una celebración alrededor de la copa
El viernes 18 de septiembre, esa conversación encontró un espacio de encuentro en Mendoza. La segunda edición de Luminoso Fest, realizada en Revana Wine House con motivo del Día Internacional de la Garnacha, reunió más de 40 etiquetas de Garnacha y variedades del Ródano y a más de diez productores mendocinos, acompañadas por una propuesta gastronómica de inspiración argentina.
Más que una celebración de calendario, la experiencia permitió observar reunido aquello que las estadísticas muestran de manera fragmentada. Una variedad que representa apenas unas decenas de hectáreas en todo el país fue capaz de convocar productores, profesionales y amantes del vino alrededor de una misma mesa.
Y acaso sea esa una de las imágenes más interesantes del presente de la Garnacha argentina: todavía es pequeña en superficie, pero ya no necesariamente en conversación.
Porque una variedad también crece cuando comienza a ser probada, comparada, discutida y recomendada. Cuando deja de ser solamente una curiosidad para transformarse en una pregunta.
La Garnacha desde la sommellerie
Para la sommellerie, ese escenario abre un terreno especialmente fértil. Comunicar Garnacha únicamente como una rareza o como “la nueva tendencia” sería desaprovechar buena parte de su historia.
Hay detrás de cada botella una variedad de tradición mediterránea, pero también una geografía argentina que merece ser explicada. Hablar de procedencia, textura, frescura, madurez y estilo puede resultar mucho más revelador que intentar definir de una vez cómo “debe ser” una Garnacha. Una degustación comparativa entre distintos orígenes —o entre un varietal y un corte en el que participe— permite comprobar hasta qué punto cambia su expresión según el paisaje y las decisiones de quien la interpreta.
Tal vez sea demasiado pronto para saber qué lugar ocupará la Garnacha en el futuro del vino argentino. Sesenta y cuatro hectáreas aconsejan prudencia; la diversidad que empieza a aparecer invita, en cambio, a prestar atención.
Los Chacayes, Calingasta, los Valles Calchaquíes o la Quebrada de Humahuaca no necesitan producir una misma Garnacha. Al contrario: la oportunidad puede estar precisamente en que no lo hagan.
Después de siglos viajando por el Mediterráneo, la variedad encuentra hoy nuevos paisajes al pie de los Andes. Y para quienes trabajamos contando el vino desde una copa, la historia recién empieza.