Escribir un vino, beberse un libro

Por Mariana Gianella

Escribir un vino no es un libro sobre degustación ni un ensayo técnico sobre vitivinicultura. Es un intento de pensar qué hacemos cuando hablamos de vino y qué esperamos de esas palabras. El libro acompaña el proceso de un vino que todavía no existe y, en ese gesto, se permite dudar del lenguaje disponible, del lugar del autor y de la distancia entre quien escribe y aquello que se escribe.

Para Federico Levin, Escribir un vino no es describir un objeto terminado ni traducir sensaciones en fórmulas más o menos inspiradas. Es, ante todo, entrar en relación. “Creo que escribir un vino es entrar en diálogo con su historia, con su proceso de realización, con las intenciones de los que lo rodean, los que lo hacen y los que lo beben. No estoy seguro de que el vino tenga algo así como una esencia que haya que develar. Más bien pienso en filones, en líneas de las que tirar, en tramas que se van armando para poder entender el vino en el marco de un diálogo”.

Esa forma de pensar el vino explica también el desencanto que atraviesa. Levin no oculta la incomodidad con buena parte del lenguaje que rodea hoy al vino. “Lo que me suelen generar las palabras que rodean a muchos de los vinos que tomo es una fuerte desilusión. La sensación de estar frente a una gran oportunidad desaprovechada. A veces son formulaciones poéticas demasiado imprecisas, erráticas, sin filo; otras veces, un exceso de tecnicismo, como si la verdad última del vino fuera eminentemente química. Esa también es una decisión, claro, pero me sorprende que sea tan unánime en la narrativa disponible”.

Escribir un vino aparece entonces como una reacción a ese panorama, aunque Levin se encarga de aclarar que no se trata de proponer un reemplazo ni una receta alternativa. “Ponerme a escribir fue un poco rebelarme a ese desencanto. Ver si era capaz de encontrar otra forma, una más eficaz. Y si no lo lograba, al menos dejar de quejarme. Me interesaba sugerir que podían existir otras maneras de ver el vino y, sobre todo, otras maneras de contarlo”.
Por eso, cuando habla de la relación entre vino y palabra, Levin evita la idea de coherencia y prefiere pensar en términos de resonancia. “Que la palabra elegida y el vino resuenen de manera orgánica, no forzada. No buscar pirotecnia verbal para llamar la atención, sino encontrar una palabra viva, que diga algo vibrante y genuino sobre la bebida que tenemos en la boca. Es ahí, en la boca, por donde pasa el vino y donde se formula la palabra, donde esa relación funciona o, al menos, se pone a prueba”.

En ese entramado cobra especial relevancia la figura del autor del vino. Levin la piensa lejos de cualquier gesto heroico o épico. “El autor, en principio, es la figura que separa el proceso de realización de un vino de los procesos industriales, pero ese movimiento también puede ser fácilmente apropiado por el marketing. A mí lo que me interesa es otra cosa: la presencia de alguien. Un humano, un personaje, con sus cualidades, su inestabilidad, sus errores, sus excesos. Eso me resulta mucho más vivo, más interesante, incluso más embriagador que el efecto que puede provocar una marca, por buena que sea”.

En el libro, esa presencia se encarna en Andrés Galván, el hacedor del vino. Levin se detiene a pensar qué queda impreso de una persona en el vino que hace. “Me interesa preguntarme hasta qué punto la forma de ver el mundo de alguien, su mano, sus prácticas, sus saberes y también sus ignorancias se imprimen en el vino. Incluso cuando se intenta renunciar a la idea clásica de autor, siempre hay alguien que decide, alguien que imagina, alguien que sostiene o limita los procesos. Ningún vino existe sin ese gesto humano que lo activa”.

La distancia es otro de los ejes que atraviesan el libro y que Levin vuelve explícita. “Para mí, la distancia entre la ciudad y el campo es crucial. Por eso me importaba que quedara claro que el narrador es una persona de ciudad. Ir hacia el vino es, de alguna manera, ir en busca de una versión posible, comprensible, del campo. No se trata de admitir la distancia y mantenerse distante, ni de enfrentarla heroicamente y disolverla, sino de habitarla. Ser consciente de ella”.

Esa conciencia aparece también cuando el libro se interna en el territorio donde el vino, en principio, va a nacer. San Nicolás no funciona como un simple escenario, sino como un entramado histórico y político donde busca echar raíces. Levin no aborda ese pasado desde una lógica académica, sino desde la necesidad de entender el suelo simbólico. “El vino no echa raíces solo en el suelo. Echa raíces en la historia, en el trabajo, en los conflictos, en las capas de sentido que hacen que un lugar sea ese lugar y no otro”.

Aunque Escribir un vino recorre viñedos, podas, vinificación y cuestiones técnicas, Levin insiste en que no le interesa escribir un manual. “Lo que me interesa es la singularidad, ese instante subjetivo que vuelve única la espera. El vino es potencial. Es deseo. Creemos en él antes de que exista”. En esa creencia hay algo de fe, entendida no como dogma sino como práctica. “La fe consiste en creer que eso que uno imaginó de alguna manera será. Algo que no existía, existe”.

Ese recorrido también transforma la manera de beber. Levin reconoce que, después de escribir este libro, su relación con el vino cambió. “Cada vez me cuesta más tomar vinos que no me integren en un relato. Ya no puedo simplemente agarrar una botella, pagarla y tomarla. No porque todas tengan que ser grandes historias o grandes épicas, pero sí al menos una pequeña épica doméstica, en escala, que nos permita enchufarnos al mundo y vivirlo como si fuera real”.

Hacia el final, el libro vuelve sobre una idea central: narrar no es decorar, es hacer aparecer. Levin lo formula con precisión al hablar de la vinificación. “Sucede que la tinaja no está ahí por el simple hecho de que todavía no hemos contado su historia. Tenemos que narrarla para hacerla aparecer. Solo entonces vamos a tener un recipiente donde verter el jugo y el relato, para que fermenten y se conviertan en vino”.

Escribir un vino no busca explicar el vino ni fijar su sentido. Acompaña su aparición y se deja afectar por ella. En un contexto donde el lenguaje del vino parece agotado de fórmulas, el libro propone volver a escuchar lo que decimos cuando hablamos de vino y preguntarnos si esas palabras realmente acompañan la experiencia. No para cerrar una respuesta, sino para quedarse cerca, mientras el vino sucede.

(El libro puede adquirirse en Editorial Fiordo y en los canales habituales).

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