Por Nicolás Orsini
El mundo del vino suele estar dominado por un lenguaje técnico y, en ocasiones, estructurado: hablamos de calicatas, de perfiles de suelo, de amplitudes térmicas, de taninos y de los tan ansiados puntajes de los críticos internacionales. Sin embargo, ¿qué pasa cuando a una copa de vino se le quita la etiqueta de producto de consumo y se la coloca bajo la lupa del pensamiento existencial? Esa es la premisa que da vida a Filosofía del vino: un viaje a la sabiduría de la tierra (2025), el libro publicado por el filósofo y ensayista Martín Fisicaro, editado por la Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo (EDIUNC).
A través de un enfoque humano y reflexivo, Fisicaro logra en esta obra algo inédito en la literatura vitivinícola argentina: sentar en la misma mesa a los grandes hacedores del Valle de Uco con los pensadores clásicos de Occidente y el resultado no podría haber sido mejor ya que su primera edición se agotó en apenas cinco meses.
Con prólogos de Tim Atkin (Master of Wine) y Nicola Perullo (filósofo italiano y rector de la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo), el autor logró que algunos de los enólogos más prestigiosos del país bajaran la guardia para hablar de la vida, la muerte y la belleza.
El autor: de la academia a la cepa
Egresado de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Martín Fisicaro es un ensayista que ha sabido sacar la filosofía de las aulas para llevarla a los viñedos.
Además de su labor como escritor, Fisicaro es un activo formador. Coordina el taller «Escribir sobre vino», un espacio internacional donde dialoga con referentes de la talla de Joaquín Hidalgo o Santiago Rivas, y trabaja en la curaduría narrativa para bodegas boutique en regiones como la Ribera del Duero, Ribeira Sacra, Portugal, Uruguay y México.
Sin embargo, su conexión con el vino no fue siempre tan estrecha ni tan profunda. Según relata el propio autor, hasta los 35 años era un bebedor joven que consumía cerveza, tragos y vino sin prestar demasiada atención. Hubo un momento bisagra, un año de inflexión en el que tres acontecimientos aparentemente aislados se entrelazaron para cambiar su destino.
«El primero fue volver a ver, por casualidad, la película El perfume, basada en la novela de Patrick Süskind», confiesa Fisicaro. «Algo en esa posibilidad de conocer el mundo desde el olfato se me reveló epistemológicamente interesante: después de todo, desde Platón, la vista y el oído han sido los sentidos privilegiados para construir visiones del mundo». El segundo hito fue escuchar hablar, casi al pasar, a un enólogo. «Me sorprendió cómo, incluso en un lenguaje técnico, se dejaba traslucir una sabiduría de vida, nacida de una relación profunda con la naturaleza». El tercer disparador vino desde el diván: su analista le sugirió que debía dejar de intelectualizar todo y conectar más con el cuerpo.
Ese cóctel de revelaciones lo empujó a viajar a Mendoza. Y fue tal la movilización interna al conocer sus paisajes y su cultura que, en la sala de espera del aeropuerto para regresar a Buenos Aires, comenzó a escribir el libro.

El método socrático entre barricas
En Filosofía del vino, Fisicaro asume un rol claro: el de continuar la tradición socrática del diálogo. Pero acercarse a figuras consagradas de la industria para plantearles interrogantes existenciales suponía un riesgo. Lejos de encontrar resistencia en profesionales acostumbrados a debatir sobre el clima o el pH del mosto, el filósofo halló una apertura total.
«Respondieron con una amabilidad, sensibilidad y lectura del proyecto admirables”, reflexiona el autor sobre aquellos primeros mensajes de Instagram que envió buscando conversar. «Que me invitaran a almorzar, a recorrer durante horas las bodegas, a probar vinos incomparables, a contarme sus historias, incluso hoy no deja de sorprenderme».
Lo que Fisicaro descubrió en esos encuentros es el núcleo mismo de su obra: para los enólogos, el vino es en realidad un medio. «Un medio para conectarse con la naturaleza, para habitar la familia, para vincularse con lo sagrado, para encontrar un sentido, para dejar un legado. Es, finalmente, una forma de responder preguntas existenciales haciendo». De este modo, las charlas alcanzaron una intimidad poco frecuente, demostrando que, aunque usaran lenguajes diferentes, en el fondo hablaban de lo mismo.
Ocho hacedores, ocho arquetipos
El libro se estructura a partir de conversaciones con figuras estelares de la vitivinicultura argentina, la mayoría de ellos con base en el Valle de Uco. La selección de estos ocho perfiles no fue caprichosa, sino el resultado de una mezcla de «intuición, azar y razón».
Fisicaro buscaba atmósferas y sensibilidades particulares. Así, cada entrevistado aportó una faceta única al abanico filosófico del texto.
La virtud del libro radica en cómo la posibilidad de maridar a estas personalidades del vino argentino con los grandes filósofos occidentales fue surgiendo de forma natural a medida que las capas de sus discursos se iban pelando.
El vino como escuela de vida
Vivimos en la era de la inmediatez, de la ansiedad por el futuro y la desconexión del entorno. En este contexto, la viticultura —sometida a la espera, al clima y a los ciclos lentos de la naturaleza— emerge como un faro de resistencia. Filosofía del vino captura esa esencia.
Por eso, cuando se le pregunta a Fisicaro por qué alguien que jamás pisó un viñedo debería adentrarse en sus páginas, su respuesta trasciende la bebida en sí misma. «Escribo libros que den ganas de vivir», afirma con contundencia. Y detalla: «Ganas de agarrar la mochila y viajar, de conversar con extraños, de probar vinos, de comer distinto, de intuir esas cosas mínimas que, de pronto, te cambian la vida. De aprender a leer señales. De dejarse atravesar por los paisajes. De encontrar a alguien que nos ame, aunque sea por un rato».
Filosofía del vino: un viaje a la sabiduría de la tierra no es un manual de cata ni una guía de compras. Como bien concluye su autor, es «una invitación a recordar algo simple: la vida pasa rápido y, muchas veces, nos la estamos perdiendo». Una obra imprescindible para entender que, al descorchar una botella, lo que realmente estamos abriendo es una ventana hacia nosotros mismos.