El viñedo como paisaje: La reinterpretación de Familia Zuccardi

Por Milo Vino

Una conversación con Martín Di Stefano, ingeniero agrónomo de Familia Zuccardi y Viticultor del Año por Tim Atkin 2025.

Ignoro que mi conocimiento es apenas la capa superficial, y que todo lo que hay por debajo está a punto de ser descubierto. Una vez más, la magia del vino y sus paisajes me hace cosquillas en la panza.

Es temprano y los primeros rayos de luz se asoman entre una maraña de nubes bajas. Miro el teléfono: 10 grados. La brisa que baja de la montaña hace que el cuerpo se contraiga.

El aire huele a monte y a sol.

Me subo a una montaña improvisada de piedras. Giro 180 grados y veo la imponente Cordillera de Los Andes, con todos sus matices de azul, pintada en el horizonte. Del otro lado descansan Las Huayquerías, un conjunto de cañadones áridos formados por la fuerza del viento, las lluvias y el paso del tiempo. Dos expresiones de la naturaleza que dan vida a este desierto vibrante en altura: el Valle de Uco.

En ese momento paso por alto que todo lo que sé sobre el Valle va a ser cuestionado en las próximas tres horas.

Con el termo y el mate bajo el brazo, llega MartínDi Stefano disculpándose por la demora. Nos invita a subir a la camioneta y nos perdemos en la efervescencia del viñedo. Si hay alguien que puede desglosar lo que está pasando por debajo de nuestros pies, es él.

“Hubo un momento, cuando comenzamos a trabajar en los primeros viñedos en el Valle, en que notamos comportamientos extraños en el nivel de madurez, crecimiento, vigor y equilibrio en distintos lugares de una misma finca, o incluso de un mismo cuartel. Y eso disparó la necesidad de preguntarnos por qué”, dice, sin sacarle el ojo a las estrechas calles que dividen los cuarteles de Piedra Infinita.

A partir de ahí, hay algo que se vuelve inevitable: hablar del origen de los suelos de Mendoza. La palabra aluvial es hoy no solo parte de la identidad del lugar, sino también uno de los cimientos de esta dinámica de interpretación.

Los suelos aluviales están formados por materiales que bajaron desde la montaña hace millones de años: aluviones. En otras palabras, todo lo que la montaña desprendió y el agua redistribuyó.

Como estos aluviones son irregulares, no pasan siempre por el mismo lugar ni con la misma intensidad, la composición del suelo cambia. La geología se fragmenta.

“Cuando entendimos por primera vez la gran heterogeneidad que había en los suelos de Paraje Altamira, nos dimos cuenta de que teníamos que cambiar nuestra forma de entender el lugar y el viñedo”, concluye Martín, bajando de la camioneta.

Lo escucho y siento que hay algo profundamente admirable en ese cambio de mirada. En cuestionar lo que uno hace hasta el punto de renovar la dirección cuando sentís que algo no anda bien. La humildad que conlleva mutar prácticas de años, incluso décadas. La resiliencia en observar, adaptarse y reconfigurar. Entender el lugar para entender el viñedo.

La intuición es, a veces, esa incomodidad que aparece en el cuerpo cuando algo no termina de cerrar. No por querer hacerlo mejor, sino por la necesidad de hacerlo más auténtico. En ese proceso, el desafío es constante.

El estudio de suelos es un trabajo arduo, sobre todo si se considera que los ríos Tunuyán y Las Tunas generan aluviones muy distintos entre sí. En apenas ocho kilómetros pueden existir no solo dos o tres semanas de diferencia en la ventana de cosecha, sino también una diversidad subterránea que transforma por completo el desarrollo de la vid.

Frente a eso, la respuesta es parcelizar: buscar unidades de manejo lo más homogéneas posible. No solo para cosechar de manera independiente, sino también para nutrir y cuidar cada cuartel de acuerdo con su propia micro-realidad.

Hasta acá, todo suena casi idílico. Pero las utopías en la naturaleza son, en esencia, inalcanzables. Martín lo sabe cuando señala que, en lugares como Paraje Altamira, el patrón de distribución puede ser tan complejo que resulta imposible trabajar cada parcela de forma completamente independiente. En esos casos, es necesario pensar en “paquetes” de suelo con comportamientos similares.

El sol ya dejó de esconderse en el horizonte y empieza a golpear en la espalda. Martín se mete en una calicata y nos muestra lo que normalmente permanece a oscuras: la complejidad de los suelos de Altamira.

Complejidad que es inmensa y diversa.

Observo el paraje y entiendo que no se trata solo de suelos, ni solo de vinos. Son convicciones.

Es creer en el paisaje, volviéndose parte de él. Y hacer vinos que en consecuencia, sean eternos reflejos de lo que observamos. 

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