Del suelo a la copa: la agricultura regenerativa que está cambiando la vitivinicultura argentina

Por Nicolás Orsini

En un escenario marcado por la crisis climática y la degradación de los recursos naturales, la agricultura regenerativa se presenta como una respuesta concreta y de largo plazo. Su objetivo no es simplemente mantener lo que queda, sino devolverle vida al suelo, aumentar su fertilidad y fortalecer su biodiversidad para que siga siendo productivo en el futuro.

En vitivinicultura, este enfoque gana terreno porque ataca un punto clave: si bien en bodega se han reducido las emisiones de carbono de manera significativa, el gran desafío sigue estando en el viñedo. Ahí es donde la regeneración se convierte en una herramienta poderosa, capaz de capturar carbono, mejorar la estructura del suelo y generar un ecosistema más estable que repercute directamente en la calidad de la uva.

Más que cuidar, regenerar
La agricultura regenerativa combina distintas prácticas con objetivos claros: regenerar los suelos, crear biodiversidad, reducir el riesgo de erosión, producir alimentos más saludables y mitigar el cambio climático. Esto implica reemplazar insumos de síntesis por productos naturales, mantener cubiertas vegetales permanentes, reducir el laboreo y favorecer el equilibrio entre materia orgánica, minerales y microorganismos.

En palabras de Diego Morales, gerente de viñedos de Salentein, “la agricultura regenerativa es un enfoque que busca no solo preservar, sino mejorar la salud del suelo, la biodiversidad y el equilibrio del ecosistema. Sus pilares son mejorar la estructura y la fertilidad del suelo, aumentar la biodiversidad y fomentar la captura de carbono. Todo esto contribuye a mitigar el cambio climático y a producir de forma más sustentable”.

La clave está en entender que un suelo sano es un organismo vivo. Contiene millones de microorganismos que trabajan en conjunto con las plantas: absorben carbono de la atmósfera, lo transforman en materia orgánica y lo almacenan. Esto no solo mejora la capacidad productiva, sino que también ayuda a retener agua, reducir la temperatura del suelo y prevenir la erosión.

Del concepto a la práctica
La teoría suena bien, pero ¿cómo se traduce en el viñedo? En Salentein, por ejemplo, se trabaja con uvas y vinos orgánicos, uso de compost y abonos naturales, cultivos de cobertura, monitoreo constante de suelos y recursos hídricos, y estudios de biodiversidad en alianza con universidades y el CONICET. También implementan estrategias para minimizar el uso de agroquímicos y desarrollan investigaciones con levaduras nativas adaptadas al entorno.

“Un suelo saludable y fértil permite a las raíces explorar mayor profundidad, obtener más diversidad de sales y producir uvas de mayor calidad, lo que se traduce en vinos más complejos y aromáticos. Además, plantas menos estresadas son más resilientes a las contingencias climáticas y mantienen la calidad y la cantidad de producción”, agrega Morales.

En Domaine Bousquet, la filosofía es similar, pero con un fuerte foco en certificaciones internacionales. Irma Remigio, coordinadora de sustentabilidad de la bodega, lo explica así: “La agricultura regenerativa es un paso más hacia el cuidado del medioambiente. Recupera e incrementa la salud del suelo tras años de intervención humana, aumentando su capacidad para retener carbono y mejorar la biodiversidad. Un suelo sano funciona como un reservorio de vida y nutrientes; si lo tratamos como algo pasivo, lo condenamos a la erosión y la desertificación”.

Allí, las prácticas incluyen compostaje, integración planta-animal, cultivos de cobertura, cortinas forestales, corredores biológicos y reducción de labranzas. El compost, en particular, juega un papel central: aporta nutrientes, mejora la estructura del suelo, estimula la biodiversidad microbiana y favorece el crecimiento saludable de las plantas, reduciendo la necesidad de fungicidas y fertilizantes externos.

“El resultado son plantas más sanas y resilientes, uvas con mejor carga de levaduras propias y fermentaciones más limpias. Eso nos permite evitar correcciones durante la vinificación y lograr una conexión auténtica entre el vino y su lugar de origen”, detalla Remigio.

Viticultura regenerativa: beneficios más allá del viñedo
En el caso de la vid, este modelo aporta ventajas concretas: mejora el equilibrio de la planta, retrasa la maduración en temporadas calurosas (algo clave frente al adelanto de vendimias por el cambio climático) y favorece la creación de un ecosistema más estable. Este equilibrio reduce la presión de plagas y enfermedades, y permite que la planta desarrolle defensas naturales.

En bodega, todo esto se traduce en vinos más consistentes y expresivos. Al reducir el estrés hídrico y térmico, las uvas alcanzan una maduración más equilibrada, con mejor acidez y perfiles aromáticos más definidos. A largo plazo, la regeneración apunta a que cada cosecha pueda expresar mejor el terroir, haciendo que un Malbec de Gualtallary, un Chardonnay de San Pablo o un Cabernet Franc del Valle de Uco no solo cuenten su origen, sino que lo hagan con más precisión y pureza.

Un cambio que empieza desde abajo
Más allá de la técnica, tanto Morales como Remigio coinciden en que la agricultura regenerativa implica un cambio de mentalidad. No es un manual con pasos fijos, sino un conjunto de principios que cada productor adapta a su realidad, siempre con la idea de dejar el viñedo mejor de lo que estaba.

Y si bien las certificaciones ayudan a garantizar que estas prácticas sean reales y no solo un discurso —evitando el temido greenwashing—, lo más importante es la continuidad. Regenerar un suelo no es algo que se logra en una temporada: es un trabajo de años, incluso décadas.

En un país como Argentina, donde la diversidad de terroirs es un valor clave, esta filosofía no solo puede ser parte de la solución al cambio climático, sino también una herramienta para reforzar la identidad de los vinos. 

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