Por Ana Paula Arias
Elaborado con uvas 100% Criolla Chica provenientes de viñedos antiguos del Valle de Tulum, en San Juan, a más de 600 metros de altitud, el flamante Callia Criolla nace en las fincas de la familia Rufrano —de raíces italianas— que cultiva viñas desde hace casi un siglo. Los parrales tienen más de 75 y 85 años, lo que garantiza un perfil concentrado y elegante que expresa genuinamente su procedencia.
“Trabajar con cepas criollas es, en cierto modo, volver a mirar hacia adentro. Son variedades que nacieron en estas tierras, que estuvieron presentes desde los inicios de la vitivinicultura argentina, pero que durante mucho tiempo fueron subestimadas y relegadas a la elaboración de vinos de mesa o mosto. Hoy vuelven a ocupar un lugar protagónico, no solo por su potencial enológico, sino por todo lo que representan en términos de identidad, origen y cultura”, comentan desde la bodega.
Esa reconexión entre la criolla y el consumidor busca también un encuentro entre lo popular y la calidad, algo que a veces va por caminos distintos, pero que no siempre debe ser así. El lanzamiento de este nuevo vino tiene un doble mérito: revalorizar la criolla chica y, al mismo tiempo, reconocer el potencial de la provincia.
San Juan es un caso de evolución constante en la industria. Una transformación que descansa sobre dos pilares. Por un lado, nuevos actores que se le animaron al micro terroir y se pusieron a cultivar en lugares menos conocidos pero más aptos para los vinos de calidad. Por el otro, grandes bodegas que pusieron la inversión y la tecnología al servicio del posicionamiento de nuevas zonas y cepas. De vinos de producción masiva y de perfil más goloso se pasó a tintos más delicados y blancos más expresivos y frescos. El cambio en el consumidor también fue un factor crucial en la evolución del estilo. Los vinos livianos son un auténtico boom y muchas más bodegas empiezan a quebrar stock de sus tintos ligeros antes de fin de año. En este escenario, todas las miradas se posaron sobre las criollas tintas. Y el terroir sanjuanino fue el mejor aliado para esta renovación.
La nueva era de vino sanjuanino
Durante la gran expansión del vino argentino, allá por los tempranos 2000, cada provincia adoptó su cepa bandera. Mendoza primereó con el Malbec, Salta se hizo fuerte con el Torrontés y la Patagonia, como un malentendido bloque uniforme de tierras y alturas, adoptó el Pinot Noir. Eso, que sirvió para acomodar las góndolas de los supermercados y “educar” al consumidor, también terminó encasillando por zonas la producción de ciertas cepas. Lo que derivó en algo que hoy resulta difícil de revertir: muchos siguen vinculando a una provincia con un determinado tipo de vino.
Después de Mendoza, San Juan es la provincia donde más vino se produce en Argentina. Un dato que habla de su tradición y su importancia histórica en este aspecto, pero que también invita a asomarse sin extrañeza a sus valles y viñedos.
En el Valle de Zonda, el Valle de Ullum, el Valle de Pedernal y el Valle de Tulum se concentra la elaboración de uva de la provincia, donde se destacan el Syrah, el Torrontés riojano, el Viognier, el Malbec y el Cabernet Franc, entre muchos otros. Pero volviendo a los cambios de los últimos años, hoy los productores buscan la tipicidad en cada zona, más que la uniformidad marquetinera de una provincia.
Con eso en mente, el equipo de Bodegas Callia cuenta que “lo que caracteriza a la Criolla Chica cultivada en San Juan es su notable capacidad de adaptación. Es una variedad resistente que se comporta muy bien en un clima de alta radiación solar, escasas precipitaciones y distintos tipos de suelos. Esta rusticidad natural le ha permitido desarrollarse durante décadas en la región, conservando viñedos que hoy superan los 80 años de antigüedad y se mantienen en muy buenas condiciones de sanidad. Además, es una uva de maduración temprana, y eso, combinado con el clima cálido y seco de San Juan, nos permite cosechar en el momento justo para obtener un vino fresco, con muy buena acidez, aromas frutales intensos y un perfil expresivo que representa muy bien su origen”.
La Criolla y su lugar en la historia nacional
Andar por los caminos del vino implica sumergirse en una historia insondable. Desde los cultivos en el Virreinato del Alto Perú que se expandieron hacia todo el continente, hasta la influencia de los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX, el desarrollo del vino en nuestro país fue acumulando varias marcas significativas que moldearon nuestra idiosincrasia vitivinícola. Pero como todo vuelve, hoy vemos el renacer de un estilo olvidado, mas nunca perdido: el de las cepas criollas.
«Con este lanzamiento buscamos reconectar a los consumidores con una parte esencial de nuestra historia vitivinícola a través de un vino con gran intensidad y frescura y con un paso ligero, alineado con las tendencias actuales de consumo», expresa Araceli Cristian, Brand Manager de Bodegas Callia. Y agrega: “La historia de la uva Criolla fue nuestra gran fuente de inspiración para este lanzamiento. Queremos compartir cómo esta cepa acompañó momentos clave de la historia de nuestro país”.
Para reconstruir esta historia con la profundidad y la sensibilidad que merece, la bodega sanjuanina convocó al historiador Felipe Pigna, un enamorado de la identidad argentina, quien se sumó a este proyecto para reconstruir la historia de la Criolla, no solo como un ícono cultural argentino, sino también como protagonista de la vitivinicultura de nuestro país. Junto a él, destacados diseñadores reinterpretaron los símbolos que definen a los argentinos, y le otorgaron a este vino una estética que dialoga entre la tradición y la contemporaneidad.
“Como testigo de nuestra historia, la uva Criolla desempeñó un papel clave en numerosos eventos que moldearon nuestra identidad nacional. Acompañó los brindis revolucionarios y celebró los grandes triunfos patrios», comenta Pigna. El historiador tuvo una participación especial en este proyecto, contando por ejemplo que “este mismo vino acompañó a los soldados en el cruce de los Andes, viajó en barricas a lomo de mula y estuvo presente en momentos históricos como el célebre asado con cuero con el que Rosas agasajó a Darwin, o el brindis de los Constituyentes de 1853 en Santa Fe”.
Los consumidores pueden descubrir ésta y más historias a través del código QR en la contraetiqueta de la botella, así como en la web de Callia.
“Tenemos la oportunidad de resignificar las criollas, de contar su historia desde otro lugar y de mostrar todo lo que pueden dar cuando se las trabaja con cuidado y respeto”, comentan desde la bodega y agregan: “al mismo tiempo, preservarlas, conservando viñedos antiguos y ampliando la superficie cultivada, es clave para asegurar su futuro. Es una forma de proteger lo que nos hace únicos como país productor: nuestra diversidad, nuestra tradición, y la posibilidad de ofrecer vinos con una historia que no se puede replicar en ningún otro lugar del mundo”.