Por Manuel Recabarren
Cuando pensamos en el Nuevo Mundo latinoamericano, o incluso cuando lo estudiamos en la academia, pocos países son nombrados. Argentina, Chile, Uruguay. Y dejamos de contar. Pero aquellos bebedores aventureros saben que los límites de la viticultura americana cruzan las fronteras del Cono Sur.
La historia vitivinícola de Bolivia no es reciente. Con la colonización americana se plantaron, como en lo que hoy son sus países vecinos, ejemplares de Moscatel de Alejandría y Listán Negro o Negra Criolla, como la llaman los bolivianos. Y como con nuestra Torrontés, los varietales españoles se cruzaron creando la uva de bandera del altiplano: la vischoqueña, una criolla tinta con mucho carácter.
Paralelamente, a partir del comienzo del nuevo siglo, las cepas internacionales también comenzaron a sumarse al mapa del vino de Bolivia. El Cabernet Sauvignon lidera en este segmento, pero también pueden encontrarse plantaciones de Malbec, Tempranillo, Merlot, Tannat y Syrah; además de algunas vides de Riesling, Chardonnay y Sauvignon Blanc.
En números
Bolivia tiene 4960 hectáreas de viñedos desparramados por cinco de sus siete departamentos. De todas las uvas cosechadas, la mitad se utiliza para elaborar vinos y singanis. Se producen alrededor de veinte millones de botellas de vino por año, un número que no deja de crecer. Ese volumen es consumido casi exclusivamente por el mercado interno: sólo el 2% de la producción se exporta.
La principal zona productora es la de Tarija, con viñedos a una altitud promedio de 1700 metros sobre el nivel del mar. Las primeras vides se plantaron en la región en 1584 y actualmente representa el 80% de la producción vitivinícola boliviana.
Tradiciones únicas
El trabajo de los productores bolivianos es interesantísimo por su singularidad. Todos los viñedos de Bolivia se encuentran arriba de los 1700 metros sobre el nivel del mar, aunque varias regiones superan esta cota con amplitud. El Valle de Cinti en el departamento de Chuquisaca, por ejemplo, tiene plantaciones desde los 2200 hasta los 2800 metros sobre el nivel del mar.
Cinti fue el primer lugar en Bolivia en contar con viñedos y produce vino hace más de cuatro siglos. Allí predominan las cepas patrimoniales y tradicionales, y puede apreciarse el uso del sistema de conducción tradicional mollar. En este sistema, la vid se enreda en los árboles de pimiento molle, que la protegen de las vicisitudes climáticas y contribuyen en el aporte de características organolépticas únicas.
No sólo la altura hace única a la viticultura del altiplano. En Bolivia, la adaptabilidad y resiliencia de la vid se pone en evidencia: crece en los lugares más insólitos, trepando y enrollándose en molles y chañares antiquísimos. No hay conducción, la planta va para donde quiere y sus racimos cargados cuelgan a distintas alturas. Vitis y flora nativa forman una fuerte sinergia: algunas plantas llegan a los doscientos años y aún produciendo fruta sin problema.
“Nuestra herencia nos ha dado viñas bicentenarias, parras arbóreas trepadas a árboles nativos y familias productoras con más de cinco generaciones de tradición. Las bodegas están empezando a cultivar identidad usando su historia y condiciones únicas para producir un abanico extraordinario”, comenta Andrea Moscoso Weise, una de las principales referentes de la sommellerie boliviana.
El respeto a la tradición vitícola no impide la exploración. En Bolivia pueden encontrarse vinos de todos los estilos: tintos clásicos, blancos aromáticos, naranjos, vinos con crianza biológica, pet-nats; elaborados bajo paradigmas convencionales, orgánicos o biodinámicos. “Estamos viviendo un despertar en el vino”, agrega Andrea. “Bolivia empieza a ver hacia adentro y eso nos está poniendo en la mirada del mundo”.