Por Manuel Recabarren
Los productos del exterior siempre fueron figuritas difíciles de conseguir para el argentino. Botellas, frascos y cajitas escondidas entre prendas en valijas estalladas parecía ser casi la única manera de acceder a ellos. Últimamente, la situación empezó a cambiar. Se consiguen pastas italianas, leches uruguayas -aunque sea ridículo, más baratas que algunas nacionales-, galletitas danesas y quesos griegos. El mercado de los vinos comienza lentamente a seguir ese camino: las etiquetas internacionales se acercan a los consumidores, de la mano de restaurantes, vinotecas y distribuidoras. Y ya no sólo se trata de cuvées excepcionales o grands crus a precios inalcanzables: hay opciones de todo precio, origen o estilo.
La situación genera revuelo entre enófilos y protagonistas de la escena. Hay alegría y emoción ante la posibilidad de probar líquidos novedosos; también preocupación por cómo se verá afectada una industria que ya está golpeada por la caída del consumo, las exportaciones y el turismo. Pero la realidad no pareciera ser tan terrible, como bien lo resume Matías Prezioso, CEO de la consultora en comercio exterior y marketing de vinos VinEsence: “creo que la importación de vino en Argentina está haciendo más ruido del que debería. En realidad, la cantidad de vino que está ingresando es poca, pero Argentina históricamente no importó vino. Con la visión del gobierno actual, de liberalismo y apertura, surgió un ímpetu por empezar a traer cosas de afuera. Pero lo cierto es que cuando uno analiza las regulaciones sobre la importación de vino en Argentina, nada ha cambiado trascendentalmente”. El último relevamiento disponible del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) muestra que, de enero a mayo del 2024, se importaron 1030 hectolitros de vino fraccionado, principalmente de España. En todo 2023, llegaron 1963 hectolitros; el año anterior, 4017. La tendencia se mantiene constante o hasta baja, dependiendo del período elegido.
“Creo que es todavía un fenómeno muy pequeño, de nicho”, agrega Prezioso. “Lo estamos viendo principalmente en Buenos Aires y en algunos lugares puntuales. El consumo de vino importado implica educación, conocer regiones, estilos. Eso toma tiempo si hablamos de público general”.
Sobre cómo afectará esto a la industria, indica que hay dos formas de verlo: “el vaso medio vacío es que Argentina comienza a tener competencia en un contexto muy recesivo, en el que las exportaciones de vino vienen cayendo, así como el consumo local. El medio lleno, en cambio, es que esta competencia hace que las bodegas tengan que dejar de especular con los precios y que los vinos que lancen al mercado no sean experimentos, sino acordes a la calidad o al precio-calidad”.
Quien coincide con esta última lectura es Rosario Langdon, Directora de Importaciones y Exportaciones de Casa Pirque. “Si bien podría pensarse que la apertura atenta contra el consumo del vino argentino, personalmente creo que sucede todo lo contrario. Ofrecer mayor variedad puede hacer que el consumo se vuelva más dinámico e interesante, despertando la curiosidad del consumidor y animándolo a probar más”, comenta. “Eso, en lugar de reducir la demanda, puede ampliarla. Argentina seguirá siendo un país profundamente identificado con su vino: es parte de nuestra cultura y es, además, la bebida nacional. Poder comparar y disfrutar vinos internacionales refuerza aún más el nivel de excelencia del vino argentino, que sigue destacándose entre los mejores del mundo. En un mercado moderno y competitivo, la diversidad suma valor y promueve una cultura del vino más madura y sofisticada”.
Otros miran el panorama con mayor cautela, como Lucía Romero, Directora de Bodega El Porvenir de Cafayate. “La industria se verá desafiada a seguir elevando sus estándares de calidad y eficiencia. Sin embargo, si se implementan políticas de apoyo adecuadas, como incentivos fiscales o financiamiento accesible, el sector puede fortalecerse y consolidar su competitividad, tanto a nivel local como global.
La apertura de las importaciones debería estar acompañada por políticas que impulsen la eficiencia y la productividad del sector local. Es fundamental que los gobiernos promuevan herramientas como la reducción de la carga impositiva y un mayor acceso al crédito, para que las bodegas puedan seguir invirtiendo en calidad e innovación. Solo así estaremos en condiciones de competir en igualdad de condiciones”.
El mercado que aguarda
Otro gran interrogante que plantea el aumento progresivo de las importaciones de vino es cómo será recibido por el mercado. No quedan dudas de que entre colegas le daremos la bienvenida; tampoco de que existe un consumidor urbano que sabrá apreciarlas. Pero, ¿lograrán estas etiquetas permear en el público general?
Romero no cree que lleguen a impactar, ya que “en Argentina contamos con una oferta muy sólida y diversa, con excelentes vinos en todos los rangos de precio” aunque agrega que “es probable que el consumidor sienta curiosidad por probar vinos de otras regiones”. Su conclusión es que la relación precio-calidad será el determinante.
Langdon vuelve a ser optimista y pronostica una respuesta positiva. “Más variedad hace que el mercado sea más atractivo, sobre todo en un contexto donde competimos por la atención del consumidor frente a otras bebidas como la cerveza o los destilados. Poder descubrir vinos de otras latitudes amplía el interés y la experiencia del consumidor argentino”. Pero hace una advertencia: “solo espero que quienes importen vinos lo hagan con criterio, seleccionando productores que realmente aporten calidad y valor, y no simplemente por una cuestión de precio. Si se hace bien, puede ser una gran oportunidad para todos los actores del sector”.
Por su parte, Prezioso cree que cualquiera de las dos opciones son factibles: “está por verse. Lo cierto es que los comunicadores, los sommeliers, quienes venden en restaurantes o en vinotecas, pueden impulsar la venta para que el consumidor final conozca otros estilos, otras regiones, otras uvas nuevas. Pero para ver ese cambio de consumo en toda una sociedad, se tardan años. Una sociedad que está acostumbrada a beber vino argentina y saber la diferencia entre Salta, Mendoza y Patagonia o, dentro de Mendoza, entre Valle de Uco y Luján de Cuyo, va a pasar de un día para el otro a hablar del Nebbiolo de Piamonte o a comparar el Chardonnay de Napa con el de Chablis.
Nos falta tiempo para eso. Y si bien hay un poco de todo, lo que está entrando principalmente son productores de calidad, no he visto mucho de gama baja a media, con lo cual los precios son más elevados. Tomando en cuenta cuánto se gasta, en promedio, en vino en Argentina, es difícil que pueda alcanzarse. Dependerá de qué canal estamos mirando, si la parte alta de la pirámide o la media-baja”, concluye.
En tiempos donde el mercado pareciera ser Dios y Señor de la realidad argentina, no queda más que esperar para ver cómo responde ante estas nuevas apariciones en la oferta vínica.